Os contaré una estrategia que utilizamos en Insulae antes de cada partido. Dejamos que nuestro buque insignia estire y caliente a gusto (me refiero a calentar sus músculos, los vuestros los calienta después); no me negaréis que impresiona ver cien kilos dando pasitos de danza clásica (masculina, por supuesto), o vislumbrar toda su humanidad desparramada por el suelo haciendo no sé qué ejercicio, cuya técnica es desconocida para el común de los mortales. Nos impresiona a sus compañeros y eso que conocemos de hace años sus posturas.
Pero detrás de este vehículo blindado, de este tren acorazado, se encuentra un excepcional ser humano, un tío peculiar donde los haya con una capacidad de relacionarse francamente envidiable, abierto a los demás, amigo de sus amigos e incluso amigo de los que no son sus amigos.
Adalberto está casado, con una mujer de bandera, y es padre de cuatro criaturas que hace tiempo han dejado de serlo. Dos varones y dos mujeres.
Su hermano Jorge parece que retiene la fortaleza física del padre, pero en estilizado, no a lo bestia sino a lo fino. Un chaval majo de verdad a quién no identificáis porque no juega con nosotros.
De las dos hijas, que no voy a dar los nombres, solo diré, telegráficamente (bueno ahora sería por sms), que además de guapas y estudiosas están trabajando. Si hay algún interesado entre los jóvenes que remitan currículo al padre, con una fotografía tamaño carné y otra de cuerpo presente (que es como se van a quedar si se pasan un pelo).
Os suena “por sus frutos los conoceréis”, pues en este caso los frutos os pueden dar una idea de la magnitud del árbol y Adalberto tiene como hijos lo que se merece como padre. Y tiene como mujer lo que, es posible, no se merece como marido. Pero eso nos pasa a muchos.
Como en el fútbol, en su vida, nuestro héroe es un luchador constante, tenaz, en ocasiones obsesivo. No ceja en su empeño, como el cocodrilo no relaja las mandíbulas aunque el bocado no sea comestible.
Es leal, algo que es mucho y que abunda poco.
Es sincero, demasiado sincero. No es que, servidor, apueste por la mentira que, a mi modo de ver, es madre de todas las desgracias . . . pero demasiada sinceridad, con quién no te la pide, te hace transparente. Ya sé que no estás de acuerdo conmigo en esta y en otras cosas, tu sinceridad así me lo manifiesta.
Adornado de casi todas las virtudes, entre las que no se encuentra la puntualidad, y . . . no Berto, no, la testarudez no ha sido, todavía, incluida en ningún catálogo de virtudes, ni divinas ni humanas . . . estamos en ello . . . ya he hablado con D. José Carlos para ver que puede hacer, pero el asunto es complicado, son muchos siglos de historia del pensamiento que habría que modificar . . .
Y no temas, no voy a contar tu metedura de pata, la excesiva confianza de tus primeras familiaridades . . . y tampoco voy a relatar la situación surrealista que vivimos cuando te presenté a Ignacio (Fadesa), el que quiera troncharse que vaya al circo.
Muchas felicidades de quién se siente, sin merecimiento, tu amigo. No sé que haría sin ti.



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