José me viene acompañado sábado tras sábado desde hace diez años; este acompañamiento no ha tenido un carácter pasivo, sino más bien todo lo contrario. Cuando no levantaba dos cuartas del suelo ya cargaba con los balones con los que íbamos a jugar y los recogía cuando terminábamos. Si, del mismo modo que ocurre ahora con la casa de las palmeras, un zapatazo daba con el esférico en las gradas . . . allí corría José para que se pudiese seguir jugando. Si un balón salía por la puerta del polideportivo, porque alguno creía chutar a portería, raudo reponía otro y buscaba el extraviado.
Cuando no nos escondían el marcador en las zahúrdas del absurdo ahí teníamos a José para manejarlo. Cuando fallaba el cable, si es que lo teníamos, José lo recomponía. Y cuando no había ni cable ni marcador ni vergüenza del que lo sustraía . . . la criatura nos controlaba el tiempo.
Sus atribuciones fueron creciendo con su estatura y empezó a encargarse de los niños más pequeños, primero de sus hermanos y después de alguno de vuestros hijos. Más tarde tomó la alternativa por necesidad de algún equipo falto de efectivos; bajo la égida de Alberto Vara marcó su primer gol en el campeonato y desde entonces ha cubierto unos cuantos huecos sin relleno.
Ahora se dirime entre el lateral derecho de la cobertura gris y la genuflexa posición cubriendo los palos; en cualquiera de las dos funciones hará un digno papel, aprende rápido.
¡Feliz cumpleaños! y gracias por los servicios prestados.

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