Pablo (Coren) 10
Ricardo Santalla (El Mundo) 7
Gonzalo (Insulae) 7
Diego Linares (Coren) 6
Miguel Jácome (El Mundo) 6
Manoplas (Strugen’s) 5
Santi Álvarez de Sotomayor (Insulae) 4
Fernando de Uña (Insulae) 4
Tono (Burguer) 4
Rober Souto (Burguer) 4
Manuel García Lastra (El Mundo) 4
Con 3 goles:
David Torres (Burguer), Pablo (Strugen’s), Jose Gilgado (Insulae), José Luis Aroca (Fadesa), Pablo (El Mundo) y Santi Conde (Strugen’s)
Con 2 goles:
Álvaro (Burguer), Luis Leira (Burguer), Andrés Ardá (El Mundo), Fran (El Mundo), Kin (Fadesa), D. Ignacio (Fadesa), Alberto (Fadesa), Jorge (Coren), Alex (Coren), Totó (Strugen’s), Daniel Zibaldone (Strugen’s) y Chuky (Insulae).
Con 1 gol:
Nando (Coren), Álvaro Gilgado (Coren), Álvaro Pernas (Coren), Nacho Louro (Coren), Curro (Coren), Javier (Insulae), José Gilgado jr (Insulae), Nico (Insulae), Beto (El Mundo), José Vicernte Echevarría (El Mundo), Tabo (El Mundo), Luis (El Mundo), Emilio Gismero (El Mundo), Luis Gómez (Strugen’s), Emilio (Strugen’s), Juan Pablo Ucha (Strugen’s), Pablo Borrás (Srugen's), José Manuel (Fadesa), Andrés (Fadesa), Eduardo (Fadesa), José Antonio Abelairas (Fadesa) y Jose Abelairas (Fadesa).
domingo, 17 de enero de 2010
Clasificación de la 5ª jornada
1º El Mundo de la Noche con 12 puntos. 30 (gf). 21 (gc).
2º Burguer King con 12 puntos. 18 (gf). 9 (gc).
3º Insulae con 9 puntos. 22 (gf). 22 (gc).
4º Coren con 6 puntos. 25 (gf). 25 (gc).
5º Strugen’s Boys con 6 puntos. 29 (gf). 31 (gc).
6º Fadesa con 0 puntos. 15 (gf). 31 (gc).
Resultados de la 5ª jornada
Strugen’s Boys 8 - 3 Fadesa
Insulae 1 - 3 Burguer King
Coren 3 - 4 El Mundo de la Noche
2º Burguer King con 12 puntos. 18 (gf). 9 (gc).
3º Insulae con 9 puntos. 22 (gf). 22 (gc).
4º Coren con 6 puntos. 25 (gf). 25 (gc).
5º Strugen’s Boys con 6 puntos. 29 (gf). 31 (gc).
6º Fadesa con 0 puntos. 15 (gf). 31 (gc).
Resultados de la 5ª jornada
Strugen’s Boys 8 - 3 Fadesa
Insulae 1 - 3 Burguer King
Coren 3 - 4 El Mundo de la Noche
miércoles, 13 de enero de 2010

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Los vídeos de la 4º jornada con el patrocinio de http://www.familydentcoruna.es/
ni centro ni tiro
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tira Diego y parada
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jugada de pizarra de Strugen's
http://www.youtube.com/watch?v=OhekBgPdTs8
ataca burguer
http://www.youtube.com/watch?v=5J5awLJ5qF4
gol de Álvaro (Burguer)
http://www.youtube.com/watch?v=Iw6b89Nhoq0
Andrés rechaza un corner
http://www.youtube.com/watch?v=Uk6MPaDLeeo
remate fallido de diego
http://www.youtube.com/watch?v=Gd5_MqI0qPM
nacho protege el balón
http://www.youtube.com/watch?v=bfnOHqYXEDs
lunes, 11 de enero de 2010
Tabla de goleadores (4ª jornada)
Pablo (Coren) 8
Gonzalo (Insulae) 7
Ricardo López (El Mundo) 6
Miguel Jácome (El Mundo) 6
Diego Linares (Coren) 5
Manoplas (Strugen’s) 5
Santi Álvarez de Sotomayor (Insulae) 4
Fernando de Uña (Insulae) 4
Hans (Strugen’s) 4
Tono (Burguer) 4
Con 3 goles:
David Torres (Burguer), Pablo (Strugen’s), Jose Gilgado (Insulae), José Luis Aroca (Fadesa), Manuel García Lastra (El Mundo), Pablo (El Mundo) y Rober Souto (Burguer).
Con 2 goles:
Andrés Ardá (El Mundo), Fran (El Mundo), D. Ignacio (Fadesa), Alberto (Fadesa), Jorge (Coren), Alex (Coren), Santi Conde (Strugen’s), Totó (Strugen’s) y Chuky (Insulae).
Con 1 gol:
Luis (Burguer), Álvaro (Burguer), Nando (Coren), Álvaro Gilgado (Coren), Álvaro Pernas (Coren), Nacho Louro (Coren), Curro (Coren), Javier (Insulae), José Gilgado jr (Insulae), Tabo (El Mundo), Luis (El Mundo), Emilio Gismero (El Mundo), Daniel Zibaldone (Strugen’s), Luis Gómez (Strugen’s), Emilio (Strugen’s), Juan Pablo Ucha (Strugen’s), Pablo (Srugen's), Kin (Fadesa), Andrés (Fadesa), José Antonio Abelairas (Fadesa) y Jose Abelairas (Fadesa).
Gonzalo (Insulae) 7
Ricardo López (El Mundo) 6
Miguel Jácome (El Mundo) 6
Diego Linares (Coren) 5
Manoplas (Strugen’s) 5
Santi Álvarez de Sotomayor (Insulae) 4
Fernando de Uña (Insulae) 4
Hans (Strugen’s) 4
Tono (Burguer) 4
Con 3 goles:
David Torres (Burguer), Pablo (Strugen’s), Jose Gilgado (Insulae), José Luis Aroca (Fadesa), Manuel García Lastra (El Mundo), Pablo (El Mundo) y Rober Souto (Burguer).
Con 2 goles:
Andrés Ardá (El Mundo), Fran (El Mundo), D. Ignacio (Fadesa), Alberto (Fadesa), Jorge (Coren), Alex (Coren), Santi Conde (Strugen’s), Totó (Strugen’s) y Chuky (Insulae).
Con 1 gol:
Luis (Burguer), Álvaro (Burguer), Nando (Coren), Álvaro Gilgado (Coren), Álvaro Pernas (Coren), Nacho Louro (Coren), Curro (Coren), Javier (Insulae), José Gilgado jr (Insulae), Tabo (El Mundo), Luis (El Mundo), Emilio Gismero (El Mundo), Daniel Zibaldone (Strugen’s), Luis Gómez (Strugen’s), Emilio (Strugen’s), Juan Pablo Ucha (Strugen’s), Pablo (Srugen's), Kin (Fadesa), Andrés (Fadesa), José Antonio Abelairas (Fadesa) y Jose Abelairas (Fadesa).
domingo, 10 de enero de 2010
Clasificación de la 4ª jornada
1º El Mundo de la Noche con 9 puntos. 26 (gf). 18 (gc).
2º Insulae con 9 puntos. 21 (gf). 19 (gc).
3º Burguer King con 9 puntos. 15 (gf). 8 (gc).
4º Coren con 6 puntos. 22 (gf). 21 (gc).
5º Strugen’s Boys con 3 puntos. 21 (gf). 29 (gc).
6º Fadesa con 0 puntos. 12 (gf). 23 (gc).
Resultados de la 4ª jornada
Coren 5 - 3 Fadesa
Strugen's Boys 1 - 6 Burguer King
Insulae 3 - 5 El Mundo de la Noche
2º Insulae con 9 puntos. 21 (gf). 19 (gc).
3º Burguer King con 9 puntos. 15 (gf). 8 (gc).
4º Coren con 6 puntos. 22 (gf). 21 (gc).
5º Strugen’s Boys con 3 puntos. 21 (gf). 29 (gc).
6º Fadesa con 0 puntos. 12 (gf). 23 (gc).
Resultados de la 4ª jornada
Coren 5 - 3 Fadesa
Strugen's Boys 1 - 6 Burguer King
Insulae 3 - 5 El Mundo de la Noche
Cuando el grajo vuela bajo . . . jugamos
Nadie se acojona, no hay bajas, hay valientes. Las previsiones eran temibles: uno, dos, tres grados a lo sumo . . . cielo nublado y posibles chubascos. Como si no fuera suficiente la baja temperatura, encima el agua.
Por el camino iba pensando en cuántos preferirían el calor de la casa al frío del Inef. ¿Cuántas bajas tendrían que soportar los equipos con disculpas de mal pagador? Ciertamente iba a ser uno de los fines de semana más crudos del invierno.
Pero no hay nada que impida a los valientes presentarse a la batalla incruenta de cada sábado, bueno no tan incruenta, o si no que se lo pregunten a Kin (Fadesa), o mejor a sus dos rodillas ensangrentadas. A la hora establecida allí estaban los valientes, allí estaban todos; nuestro amigo de seguridad alucinaba cuando abrió el vestuario, “ni que les pagasen” comentó para sus adentros . . . un compromiso admirable.
Al final la climatología nos respetó, es más diría que nos regaló un sol inesperado que elevó la sensación térmica hasta niveles agradables . . . y una vez más lo pasamos de miedo.
Unos mejor que otros, claro. Coren, Burguer y El Mundo de la Noche lo pasaron en grande. Fadesa, Strugen’s Boys e Insulae ayudaron bastante a que sus contrincantes lo pasaran en grande. Y los árbitros, también, a lo grande; entendiendo por grande numeroso, ya que no deja de haber voluntarios que se empecinan en asistir a los trencillas asesorándoles en casi todas las jugadas. Si es que vamos a descubrir a estas alturas vocaciones escondidas ¿qué digo?, reprimidas que afloran desde el subconsciente sin reparo ni sonrojo alguno.
Coren está encarrilado hacia su destino: lucha por los primeros puestos; parecen la banda de Pancho Villa cada uno vestido como puede, pero con mucho orden en el terreno de juego. Diego Linares se fue para casa después de cantar tres veces gol sin llegar a terminar la frase, porque el pedazo de portero que trajo Kin (uno de sus innumerables sobrinos) no quería que la bola entrase. Pero a Pablo, a Pichici Pablo, si le permitió, o no le quedó más remedio que dejarle tres veces, tres, perforar el bastión que tenía montado.
Fadesa más que encarrilado está descarrilado, terminó 2009 sin un punto y empezó 2010 “simile modo”. Y eso que se las hizo pasar canutas a Coren en la primera parte, pero al equipo le falta organización. Mimbres hay.
Burguer está que se sale. Tacita a tacita ha llegado arriba empatado a puntos con los primeros. El día que estrenen la equipación que Nacho Amostegui ha encargado bordar a mano en unos talleres del Concello de Arteixo, más concretamente en el Polígono de Sabón, seguro que alcanzan el liderato. Mientras tanto David Torres sigue marcando goles con camisola de todos los colores. Tono, de un rojo discreto, también los mete a pares para no ser menos. Álvaro, de un rojo español (olé tus huevos), se conformó generosamente con uno solo por aquello de “España y yo somos así señora”. Y Rober, “volkstrum Rober”, de un rojo veloz, galopando anotó otro. Además son los menos goleados, Andrés va a por el Zamora.
Strugen’s Boys no acaba de entrar. Da gusto verlos bien equipados y aseados, son unos “tiarrones” bien educados que pasan demasiado rápido de ser la tormenta amarilla a sufrir la fiebre amarilla. ¿A quién no le gustaría tener en sus filas un Dani, un Santi, un Hans, un Luis (este “pa mí”), un Miguel, un Totó, un Manoplas, un . . . etc? Van y ganan al primero y . . . pierden con el segundo y el tercero. Supongo que es cuestión de tiempo que engranen una máquina perfecta. Y tiempo es lo que les sobra. ¿Las edades de qué tres de sus jugadores habría que sumar para alcanzar los años del decano de Insulae? ¡A ver quién acierta! No es muy difícil.
El Mundo de la Noche triunfa por la noche y por el día. Se pone de líder con tres goles de Ricardo, uno de Pablo Serantes y otro . . . ¿de quién? Mejor no preguntar. Ellos pusieron los goles y Andrés Ardá las piernas. Manuel, Juanjo Lesta y Emilio la altura. Bueno, y José Vicente el salto del tigre.
Insulae fracasa por el día y luego por la noche, van mayores.
Y lo que son las cosas por la noche, con un grado bajo cero en la calle, y con seis de la cerveza, trece del vino, cuarenta de la cachaza el ron la ginebra y el wisky . . . más/menos cincuenta y nueve por cuerpo masculino en el Rebumbio . . . El Mundo, Insulae y Burguer celebran el final de la Navidad, el nuevo año, el reinicio del campeonato y el primer puesto (ver gol average). También estaban avisados e invitados los demás pero por unas o por otras circunstancias no hubo ningún representante de los equipos de la mitad de la tabla para abajo. ¡Qué coincidencia!
Se me ocurre que para la próxima en vez de estar esperando a los rezagados, en vez de perder el tiempo hablando y masticando, será mejor que pasemos directamente a las copas y a las risas ¿no?
Y para terminar, dos que beben juntos, ríen juntos, están sentados a una mesa juntos . . . no se pican, no pasan un mal trago en el campo de juego, se saben disculpar. Caballeros o nos rozamos fuera o lo haremos dentro y es una pena tener que dejar el campeonato por cazurro (¿se dice así David?) ¿Cómo tendría que reaccionar Chuky cuándo José Vicente le intenta bajar el pantalón? Pues descojonándose porque se conocen, no solo se reconocen, se tratan, no solo se encuentran.
¡Venga a disfrutar de las “afotos”! Que los vídeos ya se colgarán otro día.
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Hans se lo piensa
que bonitas las camisetas de Burguer
Por el camino iba pensando en cuántos preferirían el calor de la casa al frío del Inef. ¿Cuántas bajas tendrían que soportar los equipos con disculpas de mal pagador? Ciertamente iba a ser uno de los fines de semana más crudos del invierno.
Pero no hay nada que impida a los valientes presentarse a la batalla incruenta de cada sábado, bueno no tan incruenta, o si no que se lo pregunten a Kin (Fadesa), o mejor a sus dos rodillas ensangrentadas. A la hora establecida allí estaban los valientes, allí estaban todos; nuestro amigo de seguridad alucinaba cuando abrió el vestuario, “ni que les pagasen” comentó para sus adentros . . . un compromiso admirable.
Al final la climatología nos respetó, es más diría que nos regaló un sol inesperado que elevó la sensación térmica hasta niveles agradables . . . y una vez más lo pasamos de miedo.
Unos mejor que otros, claro. Coren, Burguer y El Mundo de la Noche lo pasaron en grande. Fadesa, Strugen’s Boys e Insulae ayudaron bastante a que sus contrincantes lo pasaran en grande. Y los árbitros, también, a lo grande; entendiendo por grande numeroso, ya que no deja de haber voluntarios que se empecinan en asistir a los trencillas asesorándoles en casi todas las jugadas. Si es que vamos a descubrir a estas alturas vocaciones escondidas ¿qué digo?, reprimidas que afloran desde el subconsciente sin reparo ni sonrojo alguno.
Coren está encarrilado hacia su destino: lucha por los primeros puestos; parecen la banda de Pancho Villa cada uno vestido como puede, pero con mucho orden en el terreno de juego. Diego Linares se fue para casa después de cantar tres veces gol sin llegar a terminar la frase, porque el pedazo de portero que trajo Kin (uno de sus innumerables sobrinos) no quería que la bola entrase. Pero a Pablo, a Pichici Pablo, si le permitió, o no le quedó más remedio que dejarle tres veces, tres, perforar el bastión que tenía montado.
Fadesa más que encarrilado está descarrilado, terminó 2009 sin un punto y empezó 2010 “simile modo”. Y eso que se las hizo pasar canutas a Coren en la primera parte, pero al equipo le falta organización. Mimbres hay.
Burguer está que se sale. Tacita a tacita ha llegado arriba empatado a puntos con los primeros. El día que estrenen la equipación que Nacho Amostegui ha encargado bordar a mano en unos talleres del Concello de Arteixo, más concretamente en el Polígono de Sabón, seguro que alcanzan el liderato. Mientras tanto David Torres sigue marcando goles con camisola de todos los colores. Tono, de un rojo discreto, también los mete a pares para no ser menos. Álvaro, de un rojo español (olé tus huevos), se conformó generosamente con uno solo por aquello de “España y yo somos así señora”. Y Rober, “volkstrum Rober”, de un rojo veloz, galopando anotó otro. Además son los menos goleados, Andrés va a por el Zamora.
Strugen’s Boys no acaba de entrar. Da gusto verlos bien equipados y aseados, son unos “tiarrones” bien educados que pasan demasiado rápido de ser la tormenta amarilla a sufrir la fiebre amarilla. ¿A quién no le gustaría tener en sus filas un Dani, un Santi, un Hans, un Luis (este “pa mí”), un Miguel, un Totó, un Manoplas, un . . . etc? Van y ganan al primero y . . . pierden con el segundo y el tercero. Supongo que es cuestión de tiempo que engranen una máquina perfecta. Y tiempo es lo que les sobra. ¿Las edades de qué tres de sus jugadores habría que sumar para alcanzar los años del decano de Insulae? ¡A ver quién acierta! No es muy difícil.
El Mundo de la Noche triunfa por la noche y por el día. Se pone de líder con tres goles de Ricardo, uno de Pablo Serantes y otro . . . ¿de quién? Mejor no preguntar. Ellos pusieron los goles y Andrés Ardá las piernas. Manuel, Juanjo Lesta y Emilio la altura. Bueno, y José Vicente el salto del tigre.
Insulae fracasa por el día y luego por la noche, van mayores.
Y lo que son las cosas por la noche, con un grado bajo cero en la calle, y con seis de la cerveza, trece del vino, cuarenta de la cachaza el ron la ginebra y el wisky . . . más/menos cincuenta y nueve por cuerpo masculino en el Rebumbio . . . El Mundo, Insulae y Burguer celebran el final de la Navidad, el nuevo año, el reinicio del campeonato y el primer puesto (ver gol average). También estaban avisados e invitados los demás pero por unas o por otras circunstancias no hubo ningún representante de los equipos de la mitad de la tabla para abajo. ¡Qué coincidencia!
Se me ocurre que para la próxima en vez de estar esperando a los rezagados, en vez de perder el tiempo hablando y masticando, será mejor que pasemos directamente a las copas y a las risas ¿no?
Y para terminar, dos que beben juntos, ríen juntos, están sentados a una mesa juntos . . . no se pican, no pasan un mal trago en el campo de juego, se saben disculpar. Caballeros o nos rozamos fuera o lo haremos dentro y es una pena tener que dejar el campeonato por cazurro (¿se dice así David?) ¿Cómo tendría que reaccionar Chuky cuándo José Vicente le intenta bajar el pantalón? Pues descojonándose porque se conocen, no solo se reconocen, se tratan, no solo se encuentran.
¡Venga a disfrutar de las “afotos”! Que los vídeos ya se colgarán otro día.
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Hans se lo piensa
que bonitas las camisetas de Burguerlunes, 4 de enero de 2010
Alguacil, alguacilillos y condenados.
Nos mandan una explicación alegórica de lo acontecido en el 2009.
Feliz 2010.
Erase una vez que se era un pequeño asentamiento marginal enclavado en un territorio que no pudiendo, en honor a la verdad, tachar de hostil tampoco faltaríamos a tan escasa virtud, si dijésemos que era poco propicio a las peculiares costumbres de los habitantes protagonistas de nuestra historia.
Sucedía que por uno de esos caprichos de la política geoestratégica de las grandes potencias de entonces, un grupo no muy numeroso de personas quedó desgajado y encerrado dentro de una nación con la que compartían poco más que la lengua. En un tiempo habían sido la punta de lanza, hoy diríamos la cabeza de puente, de una civilización que pretendió ser hegemónica pero a la que los últimos reveses consiguieron no solo frenar su expansión, sino también iniciar su retirada dejando atrás las extensiones en las que habían ejercido su imperio, entre ellas, el asentamiento de colonos que nos ocupa.
La vida de aquella buena gente, aunque llevadera, no era fácil. Eran pocos y necesitaban relacionarse con sus vecinos, que no compatriotas, para el sostenimiento de su precaria economía. Todos los esfuerzos iban encaminados a mantener sus preciadas tradiciones, pero siempre con el ánimo de hacer comprensible a los demás esas diferencias que a veces los convertían en algo raro, algo ajeno al resto de pobladores de la llanura.
La organización social era sencilla, ya fuera porque entre sus virtudes más estimadas estaba la sencillez o porque no habían sido capaces de elaborar estructuras más complejas y, quizás, más acordes con el sobrevenir. Al frente tenían un Alguacil nombrado por la metrópoli que casi nunca colmaba las expectaciones de los que irremisiblemente tenían que ser sus administrados. Sin embargo como eran gentes de buen conformar en ningún tiempo dieron grandes muestras de un solivianto que indujese a la cúpula dirigente a plantear un posible relevo de sus elegidos; solo las rotaciones propias de la edad, el cansancio o la necesidad de cubrir otra plaza más importante,
hacían que la silla curul agasajase nuevas posaderas. El electo Aguacil solía dejar en sus colocaciones a los responsables de las distintas áreas; ya que las cosas funcionaban casi solas y todos se habían acostumbrado a que no hubiera grandes cambios.
Sin embargo siempre había algún anhelante, optimista de suyo, que quería creer que los cambios podían y debían traer nuevos modos, nuevas maneras . . . algunas mejoras . . . pero pronto se caía del guindo al ver como las cosas seguían su cansino y lánguido transitar. Esto no quita para que los más inquietos remediasen su inquietud con iniciativas propias, que solían ser amparadas, o solo soportadas, por el Alguacil y su pequeño círculo de poder. No había una oposición al gobierno como ocurre en nuestros días, no, no la había porque hasta parecía que no había gobierno, las cosas (como ya advertimos) funcionaban casi solas, tampoco había muchas decisiones que tomar que no viniesen ya tomadas y todos se habían acostumbrado a que no hubiera grandes cambios.
En todos los habitantes, de nuestro pequeño asentamiento, estaba muy presente ese sentimiento de querer agradar a los vecinos de la gran nación que los rodeaba y que de un solo golpe podía desmembrarlos. Por eso se hacía todo lo posible para que tal cosa ni siquiera se les pasase por la imaginación; todos sus actos estaban encaminados al buen entendimiento con ellos.
A tal fin se empezaron a organizar eventos que atrajesen a los pobladores más cercanos de la llanura, para que conociesen, de primera mano, que no eran tan diferentes a pesar de sus costumbres arraigadas en su tradición milenaria. Destacaba por el éxito, entre propios y extraños, el funcionamiento de una actividad de coros y danzas, cosa sencilla, como era del gusto, nada sofisticada pero que reunía a gran número de los propios y a unos cuantos de los extraños que pudiendo ser más no lo eran porque no se podía atender a más interesados. Se utilizaba un campo comunal administrado por un Alguacilillo, subalterno del Alguacil en jefe, que aunque en principio algo remiso a la jacaranda y no queriendo involucrarse por no ser amigo de mayores esfuerzos que los de su propia encomienda, y con reparo, no le quedó más remedio que, dada la bondad de la faena, permitir sin reprimir, a la espera del fracaso que creía sobrevendría con inminencia. Tal personaje respondía al nombre de Monig y ya tenía cierta fama de manso cuando miraba hacia arriba y de jodido cuando la vista ponía sobre los que él consideraba que estaban por debajo. No es que la maldad hubiese tornado su naturaleza, ni que fuese insufrible su sola presencia, tenía como todos sus momentos, la mayor de las veces buenos y dónde se mostraba complaciente, pero no podía remediar el impulso hacia la racanería cuando algo que pensaba debía controlar quedaba fuera de su alcance, aún cuando, en este caso, podía haber sido de su negociado porque quienes promovieron los coros y danzas bien que lo pusieron a su disposición por considerarse incapaces, más por la novedad que por la falta de empuje, de llevarlos a buen puerto. Pero parece ser que eso de cantar y bailar, siempre dentro de un orden, era menester que triunfase porque gente hay dispuesta al jolgorio y al desahogo después de finalizadas las tareas de una larga semana de laboriosos esfuerzos.
Se desconoce como sucedió, pero lo que en inicio era para pocos fue sumando voluntades y cada vez eran más los que prestos acudían a la cita semanal. El campo comunal se convirtió en lugar de encuentro, de ocio y de disfrute y fue tanto el divertimiento que hasta los oídos de la metrópoli llegó el bienestar de los que allí participaban. Con el paso de los años se fueron sumando los más jóvenes que atraídos los unos por los otros llegaron a ser mitad con el resto. Y todos participaban siempre con regocijo del esparcimiento . . . siempre que Monig no metía la pata para zancadillear con alguna de sus ocurrencias.
También se desconoce el cómo, e incluso el cuándo, se hizo mala sangre el Alguacilillo y a quién o a quiénes se dirigía con sus diatribas y sus asechanzas, pero el hecho es que cantores y danzarines empezaron a sufrir sus despropósitos. Tal día sucedía que no se encontraba la escoba con la que se preparaba el aposento de tanto pié dando brincos y cabriolas y de tanta garganta enardecida por el bello canto. Tal otro sucedía que no estaban en su sitio los timbales y las gaitas con las que se acompañaban, o que no se podía celebrar la reunión porque había operarios en el campo sin avisar a los que con la ilusión se desplazaban.
Tampoco se sabe a ciencia cierta cuándo comenzó a silbar los pabellones auditivos del Alguacil en jefe, que le tenía en aprecio porque siempre se mostraba con él con sumisión, llevándole malas nuevas, que nada tenían que ver con la realidad: que si no se guardaban los instrumentos, que si se dejaba correr el agua de la fuente, que si se encendían velones y no se apagaban, que si carecían del pudor debido cuando se deshacían del sudor producido por tanto movimiento, que si los participantes abandonaban a su prole mientras se ejercitaban, que si no había control de quién acudía . . . ¡que si la abuela fuma!
Estos infundios, según se verá, fueron ocasionando mella en la apreciación que el Aguacil tenía. Y aunque era evidente la bondad del negocio . . . empezó a dar crédito a su fiel subalterno y a mal encarar y peor soportar los supuestos quebraderos de cabeza que le daban los coros y danzas, sin llegar a la lógica conclusión de que quién le quebraba la testa era el coordinador del campo comunal (que con tal rimbombante título se hacía llamar) Monig. Desde entonces el Aguacil en jefe hacía oídos sordos a cuantos le hablasen bien de los coros y danzas llegando a la torpe conclusión que, por lo menos, había que sacar tajada de la utilización del dicho campo, cobrando lo que denominaba un donativo y que no era otra cosa que una nueva tasa sobre las espaldas de sus súbditos, que así empezó a tratarlos no por el ejercicio de su autoridad sino por la dejadez de sus administrados que de buenos casi llegaban a tontos. Cometía un grave error porque olvidaba lo esencial de su ministerio, que no era otro que el hacer agradable su pequeño asentamiento con sus milenarias tradiciones a sus vecinos, que no compatriotas. Y estas medidas que pretendía tomar sobre los coros y danzas parecía cosa rara y de poco tino, ya que si funcionaban bien y atraían a propios y extraños no se encontraba razón para querer entorpecerla con donativos, tasas o balandronadas, sostenidas sobre supuestos grifos corriendo y velones no apagados. Cuando de todos era sabido que el servicio que daban los promotores de la actividad no era oneroso ni para el Alguacil ni para el Alguacilillo ni para la comunidad, más bien todo lo contrario.
Como de uñas se pusieron los afectados que no entendían tener que soltar la guita por lo que ya se había pagado y coincidía que el Alguacil no era hombre al que gustase el enfrentamiento, se aplazó la ofensiva para mejor ocasión, dejando el disfrute de la escampada tormenta y con el ansia de la llegada del nuevo frente borrascoso que, como veremos, poco tardó en arreciar.
Monig había quedando en entredicho, por sus maliciosas acciones, entre muchos de sus conciudadanos que por prudencia no manifestaban su estupor pero que estaban al tanto de sus maquinaciones y no se sabe si es que esperó la tormenta o es que bailó frenéticamente la danza de la lluvia. El caso es que apareció en escena otro Alguacilillo subalterno con alguna cuenta que saldar y de la que nadie ha sabido identificar ni el concepto ni la cuantía. Se hacía llamar Aríagai, nombre compuesto masculino cuya primera parte, Aria, era muy utilizada para las féminas por proceder de una heroína de tiempos ancestrales. Aunque todo el mundo le conocía como Aríagai “el breve” debido al poco tiempo que la metrópoli le mantuvo como Alguacil en jefe, años ha. Le habían encargado una misión muy importante: procurar aliviar las necesidades de los jóvenes, ya que la comunidad siempre había tenido especial atención hacia la mocedad, futuro inmediato y receptora de las tradiciones milenarias. En vez de seguir el camino trazado por sus predecesores en el mismo encargo y enardecido por los bulos de su igual Monig y alentado por una falta de dominio sobre lo que los mayores de la comunidad llaman “puta envidia”, creyó conveniente y decoroso apuntarse al carro al que se había uncido el coordinador del campo comunal en su cruzada contra los que se lo pasaban bien sin hacer mal alguno, por lo menos intencionado. Y carente de toda lógica, sentido común y sentido de la economía pretendió duplicar, o sea copiar, la actividad de coros y danzas, pero con alguna peculiaridad dictada por sus pocas entendederas. Quería que solo y exclusivamente disfrutasen los jóvenes de la comunidad dejando de lado a los mayores y a todos aquellos que habían sido atraídos hacia tan buen ambiente y mejor divertimento. Sin reparar que conculcaba unos de los principios sagrados sobre los que se asentaban las tradiciones de la comunidad para la que decía trabajar. Y ni corto ni perezoso, aunque solo en esta ocasión, publicó un bando, con la connivencia del Alguacil en jefe, para convocar a la mocedad en el lugar, días y horas en los que se celebraba la actividad de coros y danzas. Creía, el insensato Aríagai, que ejerciendo su carente liderazgo sobre los que en su día fueron sus pupilos podría apuntarse un tanto y, al par, librarse de los, no se sabe por qué, tan odiados promotores de la actividad de coros y danzas. A tal fin se destinaron los recursos que estimaron oportunos sin reparar, dentro de su cicatería, en gastos; intentaron por todos los medios que supieron alcanzar, que no eran muchos dada la poca imaginación que solían usar, adherirse voluntades juveniles; rehusaron de la norma básica de comportamiento que caracterizaba a la comunidad y que procuraban siempre como referente: la rectitud de intención, para con malas artes y peores estrategias vilipendiar lo que tantos años llevaba funcionando y descargar contra sus promotores todo tipo de menosprecios y de rebajamientos, en la espera de atraerse a los muchos, según ellos, descontentos.
La situación no era favorable ni placentera para los atribulados integrantes de los coros y danzas, ya que a sus espaldas, con nocturnidad y alevosía se había ideado una estrategia para echarlos del campo comunal y acto seguido invitar a lo mismo a quienes considerasen dignos de participar en su nuevo interpretar, que, sin embargo, iba a ser lo mismo pero peor hecho.
Pero he aquí que la respuesta de los que quería atraer no fue la esperada, y convocados en tropel con carteles de todos los colores, con presiones de todos los colores, con promesas de todos los colores, con el campo comunal para ellos solos adornado con todos los colores . . . a la postre se quedaron solos y con las caras de todos los colores, las cabezas llenas de dolores y sus conocidos hechos pestilentes de olores.
Termina esta crónica con un hálito de esperanza. Los afamados coros y danzas encontraron un lugar dónde seguir el festejo semanal. Los pobladores de la llanura acogieron la su actividad por considerarla, simplemente, buena. Llegando a apreciar la diligencia y el decoro que mostraban cantores y danzarines, así como su prestancia en el uso de las instalaciones que les dejaban y el buen ambiente que reinaba entre ellos. Mientras el Aguacil en jefe, el coordinador del campo comunal Monig y el comendador de los mozos Aríagai, siguieron a sus cosas sin llegar a percatarse, porque nadie les recriminó, del mal que su actuación había producido a la comunidad que decían defender. El uno por dejarse liar, el otro por liante y el tercero porque se hizo un lío.
Moraleja: ¡Dios nos libre de los torpes, de los rencorosos y de los falsos! Hacen daño queriendo y, a veces, sin querer.
AUTOR: FALDETE.
Feliz 2010.
Erase una vez que se era un pequeño asentamiento marginal enclavado en un territorio que no pudiendo, en honor a la verdad, tachar de hostil tampoco faltaríamos a tan escasa virtud, si dijésemos que era poco propicio a las peculiares costumbres de los habitantes protagonistas de nuestra historia.
Sucedía que por uno de esos caprichos de la política geoestratégica de las grandes potencias de entonces, un grupo no muy numeroso de personas quedó desgajado y encerrado dentro de una nación con la que compartían poco más que la lengua. En un tiempo habían sido la punta de lanza, hoy diríamos la cabeza de puente, de una civilización que pretendió ser hegemónica pero a la que los últimos reveses consiguieron no solo frenar su expansión, sino también iniciar su retirada dejando atrás las extensiones en las que habían ejercido su imperio, entre ellas, el asentamiento de colonos que nos ocupa.
La vida de aquella buena gente, aunque llevadera, no era fácil. Eran pocos y necesitaban relacionarse con sus vecinos, que no compatriotas, para el sostenimiento de su precaria economía. Todos los esfuerzos iban encaminados a mantener sus preciadas tradiciones, pero siempre con el ánimo de hacer comprensible a los demás esas diferencias que a veces los convertían en algo raro, algo ajeno al resto de pobladores de la llanura.
La organización social era sencilla, ya fuera porque entre sus virtudes más estimadas estaba la sencillez o porque no habían sido capaces de elaborar estructuras más complejas y, quizás, más acordes con el sobrevenir. Al frente tenían un Alguacil nombrado por la metrópoli que casi nunca colmaba las expectaciones de los que irremisiblemente tenían que ser sus administrados. Sin embargo como eran gentes de buen conformar en ningún tiempo dieron grandes muestras de un solivianto que indujese a la cúpula dirigente a plantear un posible relevo de sus elegidos; solo las rotaciones propias de la edad, el cansancio o la necesidad de cubrir otra plaza más importante,
hacían que la silla curul agasajase nuevas posaderas. El electo Aguacil solía dejar en sus colocaciones a los responsables de las distintas áreas; ya que las cosas funcionaban casi solas y todos se habían acostumbrado a que no hubiera grandes cambios.Sin embargo siempre había algún anhelante, optimista de suyo, que quería creer que los cambios podían y debían traer nuevos modos, nuevas maneras . . . algunas mejoras . . . pero pronto se caía del guindo al ver como las cosas seguían su cansino y lánguido transitar. Esto no quita para que los más inquietos remediasen su inquietud con iniciativas propias, que solían ser amparadas, o solo soportadas, por el Alguacil y su pequeño círculo de poder. No había una oposición al gobierno como ocurre en nuestros días, no, no la había porque hasta parecía que no había gobierno, las cosas (como ya advertimos) funcionaban casi solas, tampoco había muchas decisiones que tomar que no viniesen ya tomadas y todos se habían acostumbrado a que no hubiera grandes cambios.
En todos los habitantes, de nuestro pequeño asentamiento, estaba muy presente ese sentimiento de querer agradar a los vecinos de la gran nación que los rodeaba y que de un solo golpe podía desmembrarlos. Por eso se hacía todo lo posible para que tal cosa ni siquiera se les pasase por la imaginación; todos sus actos estaban encaminados al buen entendimiento con ellos.
A tal fin se empezaron a organizar eventos que atrajesen a los pobladores más cercanos de la llanura, para que conociesen, de primera mano, que no eran tan diferentes a pesar de sus costumbres arraigadas en su tradición milenaria. Destacaba por el éxito, entre propios y extraños, el funcionamiento de una actividad de coros y danzas, cosa sencilla, como era del gusto, nada sofisticada pero que reunía a gran número de los propios y a unos cuantos de los extraños que pudiendo ser más no lo eran porque no se podía atender a más interesados. Se utilizaba un campo comunal administrado por un Alguacilillo, subalterno del Alguacil en jefe, que aunque en principio algo remiso a la jacaranda y no queriendo involucrarse por no ser amigo de mayores esfuerzos que los de su propia encomienda, y con reparo, no le quedó más remedio que, dada la bondad de la faena, permitir sin reprimir, a la espera del fracaso que creía sobrevendría con inminencia. Tal personaje respondía al nombre de Monig y ya tenía cierta fama de manso cuando miraba hacia arriba y de jodido cuando la vista ponía sobre los que él consideraba que estaban por debajo. No es que la maldad hubiese tornado su naturaleza, ni que fuese insufrible su sola presencia, tenía como todos sus momentos, la mayor de las veces buenos y dónde se mostraba complaciente, pero no podía remediar el impulso hacia la racanería cuando algo que pensaba debía controlar quedaba fuera de su alcance, aún cuando, en este caso, podía haber sido de su negociado porque quienes promovieron los coros y danzas bien que lo pusieron a su disposición por considerarse incapaces, más por la novedad que por la falta de empuje, de llevarlos a buen puerto. Pero parece ser que eso de cantar y bailar, siempre dentro de un orden, era menester que triunfase porque gente hay dispuesta al jolgorio y al desahogo después de finalizadas las tareas de una larga semana de laboriosos esfuerzos.
Se desconoce como sucedió, pero lo que en inicio era para pocos fue sumando voluntades y cada vez eran más los que prestos acudían a la cita semanal. El campo comunal se convirtió en lugar de encuentro, de ocio y de disfrute y fue tanto el divertimiento que hasta los oídos de la metrópoli llegó el bienestar de los que allí participaban. Con el paso de los años se fueron sumando los más jóvenes que atraídos los unos por los otros llegaron a ser mitad con el resto. Y todos participaban siempre con regocijo del esparcimiento . . . siempre que Monig no metía la pata para zancadillear con alguna de sus ocurrencias.
También se desconoce el cómo, e incluso el cuándo, se hizo mala sangre el Alguacilillo y a quién o a quiénes se dirigía con sus diatribas y sus asechanzas, pero el hecho es que cantores y danzarines empezaron a sufrir sus despropósitos. Tal día sucedía que no se encontraba la escoba con la que se preparaba el aposento de tanto pié dando brincos y cabriolas y de tanta garganta enardecida por el bello canto. Tal otro sucedía que no estaban en su sitio los timbales y las gaitas con las que se acompañaban, o que no se podía celebrar la reunión porque había operarios en el campo sin avisar a los que con la ilusión se desplazaban.
Tampoco se sabe a ciencia cierta cuándo comenzó a silbar los pabellones auditivos del Alguacil en jefe, que le tenía en aprecio porque siempre se mostraba con él con sumisión, llevándole malas nuevas, que nada tenían que ver con la realidad: que si no se guardaban los instrumentos, que si se dejaba correr el agua de la fuente, que si se encendían velones y no se apagaban, que si carecían del pudor debido cuando se deshacían del sudor producido por tanto movimiento, que si los participantes abandonaban a su prole mientras se ejercitaban, que si no había control de quién acudía . . . ¡que si la abuela fuma!
Estos infundios, según se verá, fueron ocasionando mella en la apreciación que el Aguacil tenía. Y aunque era evidente la bondad del negocio . . . empezó a dar crédito a su fiel subalterno y a mal encarar y peor soportar los supuestos quebraderos de cabeza que le daban los coros y danzas, sin llegar a la lógica conclusión de que quién le quebraba la testa era el coordinador del campo comunal (que con tal rimbombante título se hacía llamar) Monig. Desde entonces el Aguacil en jefe hacía oídos sordos a cuantos le hablasen bien de los coros y danzas llegando a la torpe conclusión que, por lo menos, había que sacar tajada de la utilización del dicho campo, cobrando lo que denominaba un donativo y que no era otra cosa que una nueva tasa sobre las espaldas de sus súbditos, que así empezó a tratarlos no por el ejercicio de su autoridad sino por la dejadez de sus administrados que de buenos casi llegaban a tontos. Cometía un grave error porque olvidaba lo esencial de su ministerio, que no era otro que el hacer agradable su pequeño asentamiento con sus milenarias tradiciones a sus vecinos, que no compatriotas. Y estas medidas que pretendía tomar sobre los coros y danzas parecía cosa rara y de poco tino, ya que si funcionaban bien y atraían a propios y extraños no se encontraba razón para querer entorpecerla con donativos, tasas o balandronadas, sostenidas sobre supuestos grifos corriendo y velones no apagados. Cuando de todos era sabido que el servicio que daban los promotores de la actividad no era oneroso ni para el Alguacil ni para el Alguacilillo ni para la comunidad, más bien todo lo contrario.
Como de uñas se pusieron los afectados que no entendían tener que soltar la guita por lo que ya se había pagado y coincidía que el Alguacil no era hombre al que gustase el enfrentamiento, se aplazó la ofensiva para mejor ocasión, dejando el disfrute de la escampada tormenta y con el ansia de la llegada del nuevo frente borrascoso que, como veremos, poco tardó en arreciar.
Monig había quedando en entredicho, por sus maliciosas acciones, entre muchos de sus conciudadanos que por prudencia no manifestaban su estupor pero que estaban al tanto de sus maquinaciones y no se sabe si es que esperó la tormenta o es que bailó frenéticamente la danza de la lluvia. El caso es que apareció en escena otro Alguacilillo subalterno con alguna cuenta que saldar y de la que nadie ha sabido identificar ni el concepto ni la cuantía. Se hacía llamar Aríagai, nombre compuesto masculino cuya primera parte, Aria, era muy utilizada para las féminas por proceder de una heroína de tiempos ancestrales. Aunque todo el mundo le conocía como Aríagai “el breve” debido al poco tiempo que la metrópoli le mantuvo como Alguacil en jefe, años ha. Le habían encargado una misión muy importante: procurar aliviar las necesidades de los jóvenes, ya que la comunidad siempre había tenido especial atención hacia la mocedad, futuro inmediato y receptora de las tradiciones milenarias. En vez de seguir el camino trazado por sus predecesores en el mismo encargo y enardecido por los bulos de su igual Monig y alentado por una falta de dominio sobre lo que los mayores de la comunidad llaman “puta envidia”, creyó conveniente y decoroso apuntarse al carro al que se había uncido el coordinador del campo comunal en su cruzada contra los que se lo pasaban bien sin hacer mal alguno, por lo menos intencionado. Y carente de toda lógica, sentido común y sentido de la economía pretendió duplicar, o sea copiar, la actividad de coros y danzas, pero con alguna peculiaridad dictada por sus pocas entendederas. Quería que solo y exclusivamente disfrutasen los jóvenes de la comunidad dejando de lado a los mayores y a todos aquellos que habían sido atraídos hacia tan buen ambiente y mejor divertimento. Sin reparar que conculcaba unos de los principios sagrados sobre los que se asentaban las tradiciones de la comunidad para la que decía trabajar. Y ni corto ni perezoso, aunque solo en esta ocasión, publicó un bando, con la connivencia del Alguacil en jefe, para convocar a la mocedad en el lugar, días y horas en los que se celebraba la actividad de coros y danzas. Creía, el insensato Aríagai, que ejerciendo su carente liderazgo sobre los que en su día fueron sus pupilos podría apuntarse un tanto y, al par, librarse de los, no se sabe por qué, tan odiados promotores de la actividad de coros y danzas. A tal fin se destinaron los recursos que estimaron oportunos sin reparar, dentro de su cicatería, en gastos; intentaron por todos los medios que supieron alcanzar, que no eran muchos dada la poca imaginación que solían usar, adherirse voluntades juveniles; rehusaron de la norma básica de comportamiento que caracterizaba a la comunidad y que procuraban siempre como referente: la rectitud de intención, para con malas artes y peores estrategias vilipendiar lo que tantos años llevaba funcionando y descargar contra sus promotores todo tipo de menosprecios y de rebajamientos, en la espera de atraerse a los muchos, según ellos, descontentos.
La situación no era favorable ni placentera para los atribulados integrantes de los coros y danzas, ya que a sus espaldas, con nocturnidad y alevosía se había ideado una estrategia para echarlos del campo comunal y acto seguido invitar a lo mismo a quienes considerasen dignos de participar en su nuevo interpretar, que, sin embargo, iba a ser lo mismo pero peor hecho.
Pero he aquí que la respuesta de los que quería atraer no fue la esperada, y convocados en tropel con carteles de todos los colores, con presiones de todos los colores, con promesas de todos los colores, con el campo comunal para ellos solos adornado con todos los colores . . . a la postre se quedaron solos y con las caras de todos los colores, las cabezas llenas de dolores y sus conocidos hechos pestilentes de olores.
Termina esta crónica con un hálito de esperanza. Los afamados coros y danzas encontraron un lugar dónde seguir el festejo semanal. Los pobladores de la llanura acogieron la su actividad por considerarla, simplemente, buena. Llegando a apreciar la diligencia y el decoro que mostraban cantores y danzarines, así como su prestancia en el uso de las instalaciones que les dejaban y el buen ambiente que reinaba entre ellos. Mientras el Aguacil en jefe, el coordinador del campo comunal Monig y el comendador de los mozos Aríagai, siguieron a sus cosas sin llegar a percatarse, porque nadie les recriminó, del mal que su actuación había producido a la comunidad que decían defender. El uno por dejarse liar, el otro por liante y el tercero porque se hizo un lío.
Moraleja: ¡Dios nos libre de los torpes, de los rencorosos y de los falsos! Hacen daño queriendo y, a veces, sin querer.
AUTOR: FALDETE.
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